Leyendas de Puebla: La Casa de los Enanos en la Avenida Juárez

Leyendas de Puebla: La Casa de los Enanos en la Avenida Juárez


lacendi

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lacendi
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9 de julio, 2017•5 min de lectura

Esta emblemática casona de Puebla evoca la magnificencia y la elegancia de las antiguas casonas porfiristas que engalanaban la entonces llamada Avenida de la Paz, bautizada así en honor al general Porfirio Díaz. Curiosamente, la propiedad llama poderosamente la atención hoy en día debido a las láminas metálicas colocadas sobre sus rejas —las cuales debieron estar abiertas para admirar los suntuosos jardines— y al misterio que envuelve sus ventanas siempre oscuras y cerradas, impidiendo que la luz del sol penetre con libertad en su interior.

Los mitos y leyendas urbanas en torno a la mansión

A lo largo de las décadas, la imaginación popular ha tejido todo tipo de historias fantásticas sobre sus habitantes. Se decía que dos hermanos —un hombre y una mujer que vivían en reclusión— se habían enamorado, dando como fruto de su unión prohibida a niños deformes o enanitos que paseaban ocultos en los jardines, razón por la cual habrían instalado las láminas para evitar la mirada curiosa de los transeúntes. Otras versiones apuntaban a que una familia convencional había procreado a una hija con malformaciones que asustaba a la gente al asomarse, mientras que los más supersticiosos juraban que fantasmas y ánimas de otra época vagaban por los pasillos de la casona.

Extracto del libro “13 casas y Lugares Malditos”

La verdadera historia de la Casa de los Enanos (Avenida Juárez 1702)

Para separar los mitos de la realidad, el periodista Jorge Maceda Villa se dio a la tarea de entrevistar al señor José María Gutiérrez, pariente de los propietarios legítimos que vivió en el inmueble y que dista mucho de pertenecer al folclor fantástico. Su testimonio remonta el origen de la propiedad al año 1890.

En aquella época, una familia de origen italiano apellidada Giacopello adquirió un amplio terreno en la que entonces era la zona más lujosa y apartada de la Angelópolis sobre la avenida Juárez, comenzando la edificación de una mansión de estilo francés con 1,500 metros cuadrados de construcción, hermosos jardines, salas, despachos, fumador y tres recámaras. Un detalle arquitectónico sobresaliente era la «maxada», una imponente pieza metálica dorada que corona el techo y que fue importada directamente desde Francia en una sola sección previamente soldada.

Como curiosidad histórica, la residencia contaba originalmente con un solo baño completo, algo comprensible dado que el sistema de drenaje urbano era prácticamente inexistente y las bacinicas cumplían dicha función dentro de las alcobas. Los Giacopello habitaron el lugar hasta que una tragedia familiar ensombreció el sitio: una de las hijas se quitó la vida en el despacho. La propiedad cambió de manos en un par de ocasiones y, tras el estallido de la Revolución, quedó abandonada durante los años veinte.

La llegada de la familia Rodríguez y el mito de los muebles pequeños

Hacia 1920, un emigrante gallego llamado Rogelio Rodríguez Sáenz llegó a Puebla y, partiendo de un origen muy humilde como vendedor de retazos de tela, logró amasar una gran fortuna hasta convertirse en un próspero empresario textil. Contrajo nupcias con la profesora normalista María del Carmen Jiménez y, tras años de anhelar la hermosa mansión abandonada que contemplaban desde su domicilio anterior, lograron adquirirla a principios de 1930.

El matrimonio procreó tres hijos, de los cuales sobrevivieron Rogelio y Milagros Rodríguez. Tras el fallecimiento del padre, doña María del Carmen se volvió una mujer sumamente reservada, distanciándose de la familia de su esposo hasta su muerte en 1988. Con el declive de la industria textil, los herederos se fueron mudando gradualmente hasta dejar a la abuela habitando sola la enorme propiedad.

La abuela conservaba estrictos rituales, ordenando a la servidumbre abrir las ventanas de forma sumamente gradual a lo largo del día para permitir el ingreso de una pequeña cantidad de sol, inofensiva para los costosos tapetes europeos que temía que perdieran color, una tradición que se mantiene hasta el día de hoy.

Para amueblar el interior, la familia contrató a un maestro ebanista llamado Arce, quien fabricó escritorios, archiveros y juegos de recámara a la medida bajo el estilo Luis XV y con una calidad excepcional. Allí crecieron y jugaron los nietos de la señora; sin embargo, como la abuela prohibía que jugaran dentro de la casona principal, ordenó al ebanista construir mobiliario a escala —sillones, mesas y comedores miniatura— para que los pequeños jugaran en el jardín simulando ser adultos.

Inevitablemente, los curiosos se asomaban a través de las rejas y del cableado metálico que sostenía las protecciones del jardín; al divisar aquellos muebles diminutos, la mente popular concluyó de inmediato que se trataba de «enanitos». En realidad, lo que los mirones presenciaban eran niños divirtiéndose en su propio mundo a escala.

Consagración en la televisión mexicana

En los años ochenta, la Casa de los Enanos alcanzó notoriedad nacional cuando la empresa Televisa solicitó los permisos necesarios para grabar los exteriores e inmediaciones para la telenovela Herencia Maldita, protagonizada por Angélica María, aunque las tomas de los interiores debieron recrearse artificialmente en foros de la Ciudad de México.

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Fuente:
Leyendas Cortas de México
Fotografía de Google Maps y Wikimedia.

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