Leyendas de Puebla: ¡Las brujas de Atlixco!

Leyendas de Puebla: ¡Las brujas de Atlixco!


lacendi

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lacendi
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28 de febrero, 2017•3 min de lectura

Todas las madres de Atlixco solían rezar con fervor al caer la noche; se santiguaban y elevaban oraciones para que las aterradoras bolas de fuego que se avistaban a lo lejos en el cerrito de San Miguel no sobrevolaran cerca de sus hogares. Se persignaban una y otra vez y protegían a sus criaturas —desde pequeños de cinco años hasta recién nacidos—, quienes eran las presas favoritas de aquellas desagradables y oscuras brujas.

El ritual nocturno y el vuelo sobre el Cerro de San Miguel

Los habitantes se encerraban bajo llave desde las ocho de la noche por el temor inmenso a toparse con alguna de estas entidades. La tradición oral decía que, al llegar la medianoche, las hechiceras se desprendían las piernas, las acomodaban cuidadosamente a un lado de la hornaza del fogón y se colocaban en su lugar las patas de un guajolote. Tras arreglarse el cabello para disimular su fealdad, montaban escobas fabricadas con ramas secas y salían disparadas a través de puertas y ventanas. Al arribar al icónico cerro de San Miguel, se congregaban a esperar a las demás para lanzarse al vacío desde la plazuela situada al pie de la escalinata de piedra —ya que los poderes malignos no les permitían acercarse a la capilla sagrada—. Casi al tocar el suelo, estallaban convertidas en enormes bolas de fuego para emprender su vuelo nocturno por dos o tres horas, buscando con desesperación una buena carnada de niños indefensos, hombres trasnochados o incautos enamoradizos.

Los métodos de protección y el temor que perdura

Las mamás, tras acostar a sus hijos sobre los petates, aseguraban puertas y ventanas con trancas pesadas, encendían veladoras junto a las imágenes de sus santos protectores y, tras orar con devoción, colocaban cruces de ocote, estacas de madera y tijeras cruzadas estratégicamente cerca de las puertas, debajo de los petates y bajo las almohadas para blindar a los pequeños frente a las brujas chupadoras. Si no encontraban obstáculos, las criaturas de la noche se deslizaban para chupar la sangre de los niños directamente del cuello o de los pies hasta dejarlos al borde de la muerte. Con el paso de los años, la gente del pueblo dejó de subir al cerro después de las nueve de la noche, y todavía hoy en día, en las noches oscuras, se llega a vislumbrar el vuelo lento de una bola de lumbre por las laderas del «cerrito», como un místico recordatorio de que las leyendas de brujas siguen muy vivas en el imaginario colectivo de Atlixco.

Leyenda recopilada por: Leticia López Muñoz

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