La leyenda del Callejón del Muerto en Analco

La leyenda del Callejón del Muerto en Analco


Meri_T

Por
Meri_T
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2 de mayo, 2016•5 min de lectura

El Barrio de Analco es una de las zonas con mayor historia y arraigo en la ciudad de Puebla. Sus orígenes se remontan prácticamente a los días de la fundación de la Angelópolis, por lo que abunda en relatos tradicionales, mitos urbanos y leyendas protagonizadas por sus antiguos rincones y personajes. Acá te compartimos una de esas aterradoras historias de miedo para que la recuerdes la próxima vez que camines por sus empedradas calles.

La madrugada fatídica de 1785 y el asalto en las sombras

Corría el año de 1785 en la Puebla virreinal. Eran las tres de la mañana cuando doña Juliana Domínguez, esposa de don Anastasio Priego —pertenecientes a una familia acaudalada y propietaria del famoso mesón de Priego—, comenzó con los dolores de parto, haciendo imperiosa la necesidad de buscar a la partera, doña Simonita. Don Anastasio se armó rápidamente con su sombrero, capa y espada, pidiendo a la servidumbre que preparara todo lo necesario para el alumbramiento mientras él iba por la comadrona. Era una noche tormentosa y lluviosa, motivo por el cual sus ayudantes quisieron acompañarlo, sabiendo de sobra que las horas de la madrugada siempre han sido propicias para asaltos y crímenes en la vía pública.

Sin embargo, don Anastasio, un hombre orgulloso, declinó la compañía y se encaminó en solitario hacia la parroquia de Analco (cuyo entorno funcionaba en aquellos tiempos como panteón), dirigiéndose rumbo a la calle de Santo Tomás, hoy conocida como la 5 Oriente. Entre la absoluta oscuridad de la noche, se alumbraba precariamente con una lámpara de aceite cuando fue interceptado de improviso por un desconocido que, de forma enérgica y amenazante, desenvainó su espada y se la colocó directamente en el abdomen, exigiéndole el oro o la vida. Don Anastasio se distinguía por ser un hombre sumamente diestro en la esgrima, al punto de que pocos se atrevían a retarlo; con una rapidez de relámpago, dio un flanco lateral y hundió su acero en el pecho del asaltante, quien se desplomó sin vida de manera instantánea.

El nacimiento de los gemelos y el origen del Callejón del Muerto

Llevado por la urgencia del parto, se olvidó momentáneamente del suceso, llegó a la casa de la partera y la condujo de regreso a su casona, no sin antes relatarle a doña Simonita lo acaecido. Para evitar pasar de nuevo por el mismo sitio trágico, decidieron cruzar por el puente de Ovando y la plazuela de Analco hasta llegar al mesón. Arribaron justo a tiempo para recibir con bien a un par de gemelos. Al concluir su labor, don Anastasio acompañó de vuelta a la comadrona, impulsado esta vez por la curiosidad de inspeccionar el lugar del crimen, donde halló el cadáver todavía tendido y rodeado por algunos curiosos que rezaban por el eterno descanso de su alma. A partir de esa fatídica madrugada, los vecinos comenzaron a bautizar el sitio como el Callejón del Muerto, tratándose en realidad del antiguo callejón de Illescas, localizado entre la 3 y 5 Oriente en su esquina con la 12 Sur.

La aparición y el trágico final del padre Panchito

La leyenda popular sostiene que desde aquella noche el espíritu del asaltante comenzó a manifestarse, apareciéndose de la nada a todo aquel que osaba transitar por el callejón a horas inapropiadas. Alarmado por los reportes, don Marcelino Yllescas, vecino prominente de la zona, mandó a celebrar misas solemnes en sufragio de su alma. Cierta tarde de agosto, un hombre desconocido abordó a un sacerdote en el atrio del templo de Analco, tomándolo firmemente del brazo y suplicándole con desesperación que lo confesara. Como el sacristán estaba a punto de cerrar las puertas de la iglesia, el padre Panchito —como cariñosamente llamaban al religioso— le indicó que aguardara porque atendería la penitencia en el confesionario. Minutos después, al ingresar a revisar el recinto, el sacristán constató con asombro que ni el sacerdote ni el misterioso penitente se encontraban por ningún lado.

Al día siguiente, extrañado por la ausencia del padre Panchito en la misa de las siete de la mañana, el párroco y el sacristán se dirigieron a su domicilio particular, encontrándolo sumamente grave y postrado en cama a causa del tifus. En sus últimos momentos de lucidez, el sacerdote le confesó a su compañero que la víspera había otorgado la absolución sacramental a un hombre que llevaba siglos muerto y que, al hallarse penando en el purgatorio, había obtenido el permiso divino para buscar el perdón y alcanzar la paz. A las pocas horas, el padre Panchito expiró, profundamente impactado por haber interactuado con una ánima en pena que se desvaneció al recibir el sacramento. De este modo concluyó el tormento de aquella alma errante, y al callejón solo le perduró el nombre, pues el muerto jamás volvió a aparecerse.

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