Leyendas de Puebla: La Promesa

Leyendas de Puebla: La Promesa


Shecko El Chambiador

11 de noviembre, 2011•8 min de lectura

Leyendas de Puebla: La Promesa, una historia de amistad más allá de la muerte en Calpan

Por: Sergio Flores López

La leyenda que a continuación leerán son de esos lazos de hermandad donde no importa la distancia y el tiempo que se atraviese en el camino, la amistad y la lealtad mantendrán intactos.

La amistad de Oscar y José en San Andrés Calpan

Este relato proviene de la comunidad de San Andrés Calpan, Puebla – México. Se cuenta que había en el pueblo dos grandes amigos, Oscar y José, que desde la infancia, más que amigos, eran como hermanos. Cuando llegaba el festejo de Día de Muertos en especial, a los amigos les gustaba andar juntos, hacer travesuras, acompañados de un burrito y una zaca (cuello y panza de cabra con el que sacan agua de las minas), para hacer la función de caberos, estos caberos son los que van de casa en casa para juntar cabos de vela o residuos que utilizan los campaneros para encender las ánimas solas o ánimas benditas que no tienen quien se acuerde de ellas, para alumbrarse en el último camino al más allá.

San Andrés Calpan, Puebla

Sabemos que en comunidades de las diferentes regiones y la capital poblana es acostumbrado regalar pan y café tanto a invitados, la familia en estas procesiones tradicionales, esto incluye a los campaneros, para que puedan velar y vigilar dando el toque de difuntos. Así era la hermosa convivencia de estos amigos fraternales, pero al llegar la noche cambiaría el destino esa relación juvenil… la última noche de Todos Santos, con gran tristeza, José se despide con júbilo de su amigo Oscar, comunicándoles que tenía que irse a trabajar muy lejos, por un periodo de un año o quizá un tiempo más… al verse a la cara uno al otro presentían que igual y no se volverían a ver… aún así… sacando desde lo más hondo de su corazón alegría, ambos prometieron que el próximo año se verían el primer día de muertos, frente al convento, en la puerta principal, para volver a recorrer las calles de su amado pueblo, así pues, mirándose por última vez y con un nudo en la garganta, se dieron el último abrazo de grandes camaradas, con esas palmadas reconfortantes y un abrazo consolador que sacuden el vigor de los amigos verdaderos.

La llegada del Día de Muertos y el reencuentro frente al Ex Convento

Pasó el tan prolongado año, de nuevo se respiraba las festividades de los santos difuntos y en especial el del 2 de noviembre «el día de todos los fieles difuntos», como es costumbre anual, las mujeres ataviadas con collares de maíz de tres colores, con arreglos florales en la cabeza, cantando la llegada de los que se nos adelantaron, llevan los manojos de flor de Cempasúchil entre los brazos, haciendo la procesión del camino a la tierra alumbrándolo como el sol para que no se pierdan. Los hombres, acarreando con las carretillas las arrobas de harinas, la leña, la levadura, la canela, el huevo, el azúcar para hacer el pan de muerto; mientras de las casas escapa el humo negro de los hornos y el aroma de las hojaldras y los tlacatonales para la degustación mutua entre lo terrenal y lo transitorio.

Flor de Cempasúchil en Día de Muertos

Y llegó el día prometido. Los amigos tenían que reunirse en el día, lugar y la hora acordada. Oscar contentísimo llegó al punto de reunión y su espera fue larga, desesperante, pensó que José, casi su hermano de sangre, faltaría a la promesa de cita. Cuando de repente llegó al pueblo el último camión y vio descender al único de los pasajeros que acercándose poco a poco por el zócalo del pueblo llegaba a la puerta del convento; se oían solamente las tristes campanadas del toque de difunto. Una gran sonrisa se dibujó en su rostro, cuando vio a su amigo del alma, quien le dijo sonriendo… «Ya vez Oscar… te lo dije, que ni muerto podía faltar a nuestra promesa».

Ex Convento Franciscano de Calpan

Una noche de ofrenda y una terrible revelación

Como siempre se dieron el cordial saludo, las sinceras palmadas en la espalda y las preguntas de rigor… entre tanto chisme casi decían hasta la fundación del pueblo… casi dieron las doce de la noche, entre carcajadas y la amena plática. El recién llegado a las festividades del pueblo le dijo: «…Oscar qué agrado y qué a gusto estuvimos, tanto que se nos fue el tiempo platicando, ya nadie nos va a querer abrir la puerta para dar el cabo…» y le contestó su amigo José: «..qué te parece si vamos a mi casa, ya sabes que en mi casa ponen una gran ofrenda y mi mamá hasta mole hace, qué dices…» pensativo por la hora que era Oscar dijo: ¡¡¡vamos!!!, contestaba José: «… y les voy a decir que ya llegó su muertito de hambre…», así echando relajo como era su costumbre, se dirigieron a la casa del anfitrión.

Entraron a la casa; y curiosamente no había nadie, dice Oscar: «…qué raro y tus papás ¿dónde estarán?…», José: «…a lo mejor fueron con alguno de los vecinos como es costumbre… ¡ya llegarán!…». Fueron a la habitación donde estaba la ofrenda alumbrada por las ceras. El muchachito invitó al recién llegado a probar los alimentos; extrañado Oscar creyendo que era otra de sus bromas, dijo… ¡¡¡no cambias eh, está bueno!!!… y le siguió el juego y dieron manga ancha a degustar todo lo que tenía ese manjar peculiar, entre carcajadas.

Por cierto: Cabe aclarar que por costumbre prehispánica hasta nuestros días la ofrenda no se debe tocar hasta que acabe el día de muertos, según la tradición para no robarles la esencia de sabor y olor que es para los festejados del más allá. Por si se lo preguntaban….

Así pues… los grandes amigos cometieron su fechoría y para seguir el juego, buscaron costales, cobijas, continuaron contando sus historias y escogieron el mejor rincón de la casa para al final pasar la noche. José en ese momento se quedó pensativo, y después de un rato de silencio, le confesó a Oscar: «… llegado que muy de madrugada tenía que salir a arreglar un asunto muy importante…» extrañado Oscar, solo asintió la cabeza y le dijo… ¡¡¡ten cuidado y regresa con bien!!!… pero atónito le contesta de inmediato…. ¡¡¡oye, espera!!! pero si me ve tu familia aquí, qué les voy a decir, van a creer que yo solito hice este relajo!!!… José le contesta: !Sí no te preocupes, les dices a mis papás que yo te invité, te dejo este pañuelo que me regaló mi mamá, para que así no te regañen y sepan que estuve contigo!… dándose la mano como era su costumbre, lo acordaron y se quedaron dormidos.

Ofrenda de Día de Muertos

Al día siguiente, la luz de la mañana se coló por la puerta; cuando los dueños de la casa entraron en el cuarto de la ofrenda para recoger lo que se había puesto para desayunar, cuál fue su sorpresa, vieron tremendo despojo de lo que había sido la ofrenda, pero mayor fue su admiración cuando vieron al amigo de su hijo durmiendo en el rincón de la habitación y con tremendo júbilo le exclamaron: ¡¡¡Qué milagro Oscar, tanto gusto de verte, pero… mmm… qué pasó aquí!!!… él tímido y nervioso como cualquier niño que lo agarran con las manos en la masa, dijo: ¡¡¡Nada, José me invitó, yo no quería, pero me dijo que hiciera de cuenta que era para él, que siempre había tenido las ganas de comerse la ofrenda, pero que ustedes nunca le habían dejado hacerlo, hasta me dejó su pañuelo para que les dijera que estuvo conmigo…

Los padres atónitos y extrañados, se vieron uno al otro, y le dijeron: ¡¡¡No, Oscar… estás seguro… no puede ser posible… ¡José tiene un mes de haber fallecido!!!… el rostro de Oscar cambió su semblante de inmediato como si le hubiesen echado un balde de agua fría… con sentimientos encontrados y tartamudeando asimiló la idea… y sonriendo se llevó la mano a la cabeza y sollozando, dijo:

¡¡¡Válgame Dios!!! ¡No faltó a la cita, sí cumplió su promesa!

Bibliografía:
Leyendas Poblanas
Ed. Altaya
Fotografía: Flickr con Atribución Creative Commons

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